Muere Vacío

acabaz– ¿Qué viste hija mía? –

He visto la vida pasar, amigos pasar, amores pasar, ilusiones pasar. He visto perder más de lo que he ganado y ganar más de lo que he pedido: Miedo, dolor, angustia… – Respondí.

– ¿Qué oíste hija mía? No oí, escuché. Escuché el aullar de la noche y el bramar del día, escuché silbar  al viento y callar al silencio, escuché los gritos de la nada ahogados por ella misma y la muerte tras de mí respirar.

¿Qué pensaste hija mía? Pensé en el amor y vi una goma de borrar. Pensé en mis lágrimas y ví tinta. Pensé en mi hogar y vi la carretera.

– ¿Y qué hiciste hija mía? – Eché a andar.

Dejé la pluma y retuve el aire. Lo retuve hasta sobrepasar la sensación de presión en la frente y el cuello, el bombeo de la sangre en los oídos, el pulso intenso y pesado en la cabeza. Retuve el aire hasta que un suave mareo me susurró que volviese a respirar.

Cerré los ojos. El suelo de mármol acariciaba mis pies envolviéndome en un punzante escalofrío. Una bocanada de aire inundó mi cuerpo atravesando cada fibra de mi ser, devolviéndome la vida. Abrí los ojos.

La estrechez de la casa era tan agobiante que parecía una jaula cada vez más pequeña. Cuatro paredes que se cernían sobre mí escondiéndome del mundo, ocultándome en su caja. Empecé a sudar perfume enfrascada en aquel tarro. Decidida, me dirigí a la salida, conformada por los barrotes más oxidados. Abrí la puerta de mi celda, pasé tanto tiempo encerrada en ella que había olvidado que yo era la llave.

Escapé.

Caminé tan rápido como pude armándome por el camino con una coraza de valor forjada en “nada” para rebajar su peso. Sin destino fui directa hacia donde van las miradas perdidas, dibujando el aire en mi camino.

Y así empezó mi viaje.

No hablaré en horas porque cuando empecé mi camino dejé atrás el tiempo. Hablaré en días, amaneceres, lunas…

Durante mi viaje vi salir tres veces el alba, un amanecer áureo, nacarado, de tal belleza que hacía sombra a cuanto se alzaba bajo sus pies.

Al cuarto alba no sabía dónde estaba pero no estaba perdida, cuando no sabes adónde vas no puedes perderte. Sin embargo no caminé sin rumbo, el rumbo lo marcaban mis pisadas, pisadas tan firmes que aún en el asfalto dejaban sus huellas.

Un sentimiento… más que un sentimiento, una ausencia me invadió por dentro ¿Por qué debería tener miedo? No lo tenía. No lo tenía porque no llevaba más que lo que llevaba encima. Fuerza, valor, confianza.

El miedo me lo dejé en casa, junto con los zapatos.

Es agradable sentir la hierba bajo los pies, es una cura capaz de cerrar cada herida abierta del pasado. Sanar cada llaga que continúe doliendo e impedir que se infecte con el germen de otra lesión que esté por venir evitando que deje marca. Con la hierba acariciando entre los dedos de los pies, cada daño se transforma en un moratón que rebaja el tono morado con el color del olvido.

Casi tan agradable como sentir las finas gotas de lluvia escurriendo por la piel, besando cada rincón.

Impregnándote en vida. Por suerte empezó a llover…

Sentí tenerlo todo sin tener nada.

Caminé y seguí caminando. Mi verde y cálido escenario se tornó en oscuridad decorada por brezos y barro. Pero no me importó. Con los pies bañados en lodo me sentía aún más libre de lo que ya era. Me convertí en una indómita salvaje camuflada en la naturaleza.

El día acabó su jornada dando paso a la noche y la noche al día. El tiempo pasó pero yo no me di cuenta pues no llevaba reloj, así tampoco envejecía. De hecho cada día me iba haciendo más joven.

Con cada paso que daba venía a mí esa seguridad inconsciente propia de los niños. Con cada pisada que dejaba atrás, abandonaba una preocupación. Mis pasos se volvieron zancadas y mis zancadas saltos, cada cual más alto rozando con ellos la inocencia y con cada roce la sonrisa.

Dejé más cosas en el camino de las que pensé que tenía. Con cada pérdida, la tensión se iba aliviando. Dejé ansiedades, angustias, inquietudes, malestar. Dejé penas, nostalgia, dolor y pereza. Dejé miedo. Dejé intolerancia. Dejé ignorancia.

Y a cambio de todo ello, recogí sus opuestos, de un peso más ligero. Excepto sensatez. Eso también lo dejé en casa, junto con los zapatos.
Cuanto más liberada me sentía más se allanaba el camino. Conocí a un sin fin de personas gracias al insignificante hecho de no llevar zapatos, era el equivalente a hablar del tiempo para entablar conversación.

Seguí caminando. Para no llevar peso me despojé poco a poco de cuanto llevaba, hasta del pensamiento más ligero. En el “km 1” ya no tenía nombre.

Aprendí desaprendiendo más de lo que había aprendido. Me sentía tan ligera que incluso creí poder volar. Había olvidado que no podía y fue esa la razón por la cual lo conseguí. Empecé con un bote, seguí con un brinco y terminé con un salto tan liviano que acabé por flotar.

Envuelta en aire todo se ve diferente. En el cielo no se sangra.

Mi cuerpo estaba arropado en nada. El tiempo que estuve abrazada al aire me di cuenta: El tiempo no existe, es una invención de un ser humano que sintió la necesidad de hacer avanzar las agujas de la vida con mayor exactitud que el sol. Según dicen unos, el tiempo es una magnitud física, según otros, es relativo. Para mí, no es más, que como dice un amigo, “un viejo lobo tocando el banjo”.

Tras ese curioso delirio, volví a ponerme en marcha.

Llegué tan lejos que dejé el mundo atrás. La tierra será redonda pero como ése era uno de los recuerdos que dejé por el camino, yo la vi cuadrada. Os diré más, estaba sentada justo en el borde del cuadrado, con las piernas colgando en el filo del universo y la mirada recorriendo el cosmos.

Allá donde acaba la “z” y empieza un nuevo abecedario.

 Había llegado. El kilómetro cero. El principio del fin.

– ¿Y qué viste hija mía? –

Vi la vida que me queda por recorrer, amigos por conocer, amores por disfrutar, ilusiones por vivir.

Vi los sueños que me quedan por conseguir. No quiero mirar atrás y no ver las huellas que dejé en el camino, quiero seguir caminando y encontrar mi oasis para escribir mi nombre en la arena y que se lo lleve una ola para que recorra el mar.

– ¿Qué oíste hija mía? – Otra vez no oí, escuché. Escuché el reír del día y el aullar de la noche. Escuché resoplar al viento y la calma del silencio. Escuché cuantos sonidos escondidos se ocultan bajo los ruidos. Escuché a la vida frente a mí respirar.

– ¿Y qué hiciste hija mia? – Empezar de nuevo. Eché a andar.

Photo Credit: http://instagram.com/luismartingarcia

Leave a Reply

Wow look at this!

This is an optional, highly
customizable off canvas area.

About Salient

The Castle
Unit 345
2500 Castle Dr
Manhattan, NY

T: +216 (0)40 3629 4753
E: hello@themenectar.com